Al salir de la habitación de su moribundo marido, Ana ya se disponía a regresar a casa cuando de repente escuchó una conversación secreta entre dos enfermeras. Al comprender de qué exactamente estaban hablando, la mujer sintió un auténtico terror.

Al salir de la habitación de su moribundo esposo, Ana ya se disponía a regresar a casa cuando de repente escuchó una conversación secreta entre dos enfermeras. Al comprender de qué exactamente estaban hablando, la mujer sintió un auténtico horror.

Después de despedirse del hombre moribundo, Ana salió del hospital y no se dio cuenta de que las lágrimas ya corrían por sus mejillas. Caminaba lentamente, como si las piernas ya no le obedecieran, y se detuvo junto a la pared del edificio para recuperar el aliento.

Apenas seis meses atrás, Mark era un hombre fuerte y seguro de sí mismo. Reía, hacía planes, prometía que les esperaba una larga vida juntos. Ana le creía sin reservas. Siempre estaba a su lado, siempre la protegía, siempre sabía qué decir.

Ahora yacía en la unidad de cuidados intensivos. Una habitación blanca, luz fría, tubos, cables, máquinas que respiraban por él.

—Todo va a estar bien —susurró Mark cuando ella apretó su mano.—Salimos de esta.

Ana asintió, aunque sabía que no era cierto. Los médicos habían sido claros. La enfermedad avanzaba demasiado rápido. No habían encontrado donante. Casi no quedaba tiempo.

Salió a la calle. Era principios de invierno. La gente corría a sus asuntos. El mundo seguía adelante, como si nada hubiera pasado.

Ana se sentó en un banco junto al edificio del hospital y se cubrió el rostro con las manos. Las lágrimas fluían solas. No intentó detenerlas.

Unos minutos después, se sintió un poco mejor. Respiró hondo y ya se disponía a levantarse cuando, al otro lado de la pared, oyó unas voces.

Dos enfermeras estaban junto a la esquina del edificio, sin notarla. Hablaban en voz baja, pero cada palabra se oía con claridad.

Al oír de qué estaban hablando exactamente, Ana quedó aterrada.

—La esposa no le sirve como donante de todos modos —dijo una con cansancio.
—Sí, los análisis son malos. Qué pena… Y otras opciones, en realidad, no tiene.

Ana dio un respingo. El corazón le latía con fuerza.

—¿No estás al tanto? —continuó la segunda, bajando aún más la voz.—Ayer vino su amante. Se hizo la prueba de compatibilidad.
—¿En serio?
—Totalmente. Es compatible en todos los aspectos. Y sus riñones están completamente sanos.

A Ana le costaba respirar. Le zumbaban los oídos.

—Entonces, ¿por qué no hacen la operación? —preguntó la primera.
—El paciente se negó. Dijo que prefiere morir antes de que su esposa se entere de la amante.

Hubo un breve silencio.

—¿Y la donación anónima? —añadió una de las enfermeras con inseguridad.
—Quién sabe… Se ha empeñado. Y de ahí en adelante, ya no es asunto nuestro.
—Pobre esposa…

Las voces se alejaron, y Ana se quedó de pie, sin sentir las piernas. El mundo a su alrededor pareció congelarse. Solo el corazón latía sordamente en algún lugar de su pecho.

No se moría porque no hubiera salida. La salida existía. Simplemente eligió el silencio.

Ana miraba la puerta de la UCI y no sabía qué sentía con más fuerza: el dolor de que su esposo le hubiera sido infiel y le hubiera mentido, o la alegría de que todavía pudiera salvarse.

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