El nieto desenterró la tumba de su abuelo y descubrió una puerta secreta debajo de ella; cuando abrió la puerta, su grito resonó por todo el cementerio.

El nieto desenterró la tumba de su abuelo y descubrió una puerta secreta debajo de ella; cuando la abrió, su grito resonó por todo el cementerio.

Una fuerte lluvia caía ya por segundo día consecutivo. El viento arrastraba hojas mojadas entre las lápidas.

Daniel estaba de pie junto a la tumba recién hecha de su abuelo y sostenía con fuerza una pala. Sus botas casi se hundían en la tierra, pero él seguía cavando.

Tres días antes había muerto su abuelo, un hombre viejo y extraño llamado Arthur. Durante casi toda su vida vivió solo en una gran casa en la colina. La gente del pueblo lo consideraba un poco loco porque siempre dibujaba algo en sus viejos cuadernos y hablaba de “los secretos de la vida humana”.

Después del funeral, Daniel encontró una nota extraña. Estaba escrita con la letra de su abuelo en el reverso de una vieja fotografía.

“Daniel. Si estás leyendo esto, tienes poco tiempo. En la tercera noche desentierra mi tumba. Mira debajo del ataúd. No dejes que el secreto permanezca en la tierra”.

Daniel pensó durante mucho tiempo que era solo una última broma del anciano. Pero las palabras no salían de su cabeza.

Y ahora era la tercera noche después del funeral. Volvió a clavar la pala en la tierra.

Después de varias horas, la pala golpeó algo de madera. Daniel se detuvo y comenzó a apartar la tierra rápidamente con las manos. Bajo el barro apareció la tapa de un simple ataúd de pino.

Era exactamente el mismo ataúd que había visto en el funeral hacía solo tres días. Levantó la tapa con una barra de hierro y, con esfuerzo, la abrió.

Dentro yacía su abuelo. Su rostro estaba pálido e inmóvil, como una máscara de cera.

Daniel se inclinó más cerca, tratando de entender qué quería mostrarle su abuelo.

Entonces notó algo extraño. El fondo del ataúd no era de madera.

Bajo el forro se veía una placa metálica oscura. Daniel apartó con cuidado el cuerpo a un lado y arrancó la tela.

Debajo había una escotilla redonda de metal negro. En el centro había un gran anillo de hierro.

—¿Qué escondiste aquí, abuelo…? —susurró.

Tomó el anillo y tiró de él. La escotilla se abrió con un chirrido. Debajo del ataúd había un profundo pozo vertical. Una vieja escalera de hierro descendía hacia abajo.

La luz de la linterna desaparecía en la oscuridad total. Cualquier persona normal habría cerrado la escotilla y se habría marchado. Pero Daniel empezó a bajar.

La escalera descendía cada vez más.

Diez escalones.
Veinte.
Cincuenta.

Finalmente sus pies tocaron el suelo de piedra. Levantó la linterna.

A su alrededor había una sala subterránea redonda. Las paredes de piedra estaban cubiertas de símbolos extraños y dibujos.

En el centro de la habitación había otra puerta.

Parecía inusual, como si estuviera hecha de hueso blanco.

No tenía manija. Solo una cavidad para una mano humana.

Daniel se acercó lentamente y abrió la segunda puerta.

Dio un paso adelante.

Y en ese mismo segundo gritó.

Porque en el enorme salón subterráneo frente a él había cientos de recipientes de vidrio.

Dentro de cada uno flotaba algo que parecía un pequeño ser humano.

Pero lo más aterrador no era eso.

En el centro del salón había…

En el mismo centro del enorme salón subterráneo había un gran contenedor metálico.

Parecía pesado e industrial, como si lo hubieran traído allí con maquinaria especial. Su superficie estaba cubierta de polvo.

Daniel se acercó lentamente.

Respiró hondo y levantó la tapa.

En el siguiente segundo se quedó inmóvil.

El contenedor estaba completamente lleno de lingotes de oro.

Durante varios segundos Daniel simplemente los miró, tratando de entender qué estaba pasando.

—Abuelo… ¿qué has hecho…? —dijo en voz baja.

Pero las extrañezas no terminaron allí.

Junto al contenedor había un viejo armario metálico. La puerta estaba entreabierta.

Daniel se acercó y miró dentro.

Había gruesas carpetas, viejos diarios de laboratorio, fotografías y documentos.

Tomó una de las carpetas y empezó a pasar las páginas rápidamente. Después de unos minutos le quedó claro que no eran simples notas.

Eran informes de experimentos científicos.

Muchas páginas estaban llenas de fórmulas, esquemas y resultados de investigaciones.

Algunos documentos estaban firmados con el nombre de su abuelo.

Pero junto a ellos había firmas de otras personas.

Y esos nombres le resultaban familiares.

Eran apellidos de personas influyentes de las que a menudo se hablaba en las noticias.

Poco a poco la imagen comenzó a aclararse.

Su abuelo había sido científico toda su vida. Hace muchos años empezó a trabajar en proyectos privados y secretos.

Experimentos que nunca habrían pasado controles oficiales.

Investigaciones peligrosas.

Pero las personas ricas estaban dispuestas a pagar enormes sumas por tales experimentos.

Y su abuelo aceptaba.

Durante décadas ganó una fortuna.

Pero no guardó el dinero en bancos.

Lo escondió aquí.

Debajo de su propia tumba.

Ahora Daniel entendía por qué su abuelo le había dejado aquella nota.

No solo quería que desenterraran su tumba.

Quería que su nieto encontrara lo que había dejado atrás.

¿Te gustó el artículo? Compartir con tus amigos: