En cuanto regresé del trabajo, la vecina empezó a gritarme: «¡Deja de hacer ruido, ya me duele la cabeza de oír tus voces!»; no entendí enseguida de qué estaba hablando, porque había estado fuera de casa todo el día.

En cuanto regresé del trabajo, la vecina empezó a gritarme: «¡Deja de hacer tanto ruido, ya me duele la cabeza de oír tus voces!»; no entendí de inmediato de qué estaba hablando, porque yo no había estado en casa en todo el día.

Y entonces, con horror, me di cuenta de que desde hacía ya dos meses, mientras yo no estaba, alguna persona extraña entraba en secreto en mi apartamento. Para descubrir la verdad, decidí esconderme debajo de la cama y esperar a que apareciera…

Volví a casa del trabajo cansada y de mal humor, soñando solo con el silencio y una ducha, pero justo en la puerta me detuvo la vecina del piso de abajo. Se la veía irritada y empezó a hablar en tono elevado sin siquiera saludar.

—Deja de hacer tanto ruido —dijo—. Ya me estalla la cabeza de oír tus voces.

Me quedé desconcertada y no entendí enseguida de qué hablaba.

—¿Qué voces? ¿Cuándo? —pregunté.

—Esta mañana —respondió ella—. Me desperté por el ruido en tu apartamento.

—Eso es imposible —dije—. Salí de casa a las ocho de la mañana y regresé recién ahora.

La vecina negó con la cabeza y aseguró que los sonidos venían precisamente de mi piso. Según ella, fue alrededor de las nueve de la mañana. Incluso subió, llamó a mi puerta, pero nadie abrió. Y luego, según dijo, el ruido cesó de repente.

Empecé a ponerme nerviosa y a buscar alguna explicación. Le dije que no podía haber nadie en mi casa. Ella propuso llamar a la policía, suponiendo que podrían ser ladrones. Me negué y dije que quizá simplemente había olvidado apagar el televisor.

Entré en el apartamento y revisé todo con atención. Las cosas estaban en su sitio, la puerta no estaba forzada, reinaba el silencio. Ni rastro, ni sonidos. Salí de nuevo y le dije a la vecina que probablemente se había equivocado. Las dos decidimos que solo había sido un malentendido.

Esa noche intenté tranquilizarme, pero al día siguiente la historia se repitió. La vecina volvió a interceptarme y dijo que ese día se había escuchado un grito femenino proveniente de mi apartamento.

En ese momento sentí un verdadero escalofrío. Comprendí que, mientras yo no estaba en casa, allí ocurría algo extraño.

Aquella noche casi no dormí. Los pensamientos no me dejaban en paz, y por la mañana tomé una decisión. Llamé a mi jefe, dije que me sentía mal y me quedé en casa.

A las 7:45 abrí el garaje, salí con el coche de manera que los vecinos lo vieran, luego apagué el motor y volví a meter el coche con cuidado. Regresé al apartamento y me escondí en el dormitorio, debajo de la cama, intentando respirar lo más silenciosamente posible. El corazón me latía tan fuerte que parecía que se oía en toda la casa.

Pasaron varias horas en completo silencio. Ya empezaba a pensar que estaba perdiendo la razón, cuando cerca de las once de la mañana escuché cómo se abría la puerta de entrada.

Los pasos eran tranquilos y seguros, como si la persona supiera exactamente a dónde iba. Caminó por el pasillo y entró en el dormitorio. Y entonces vi su rostro…

En cuanto vi sus piernas, todo quedó claro de inmediato. Era mi exnovio. Nos habíamos separado hacía dos meses, y en ese instante recordé que nunca le había quitado las llaves de repuesto.

Conocía perfectamente mi horario y venía aquí mientras yo no estaba en casa. Y no venía solo. Traía a sus mujeres, lo hacía a propósito, por venganza, convencido de que tenía derecho a hacerlo.

Salí de debajo de la cama y, al verme, se puso pálido. No expliqué nada ni intenté aclarar nada. Llamé inmediatamente a la policía y presenté cargos por allanamiento de morada.

Ese día comprendí definitivamente que, a veces, el desconocido más aterrador es aquel a quien alguna vez conociste muy bien.

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