Cada mañana la mujer sentía náuseas, y los médicos no lograban encontrar la causa, hasta que un día, en un autobús, un anciano joyero se fijó en su collar y dijo en voz baja:
«Si aprecia su vida, quítese inmediatamente ese colgante y no vuelva a ponérselo nunca más».
Cuando la mujer descubrió lo que estaba escondido dentro del colgante que le había regalado su marido, quedó verdaderamente horrorizada.

Cada mañana María empezaba de la misma manera. Se despertaba con una sensación de pesadez en el cuerpo y casi de inmediato sentía cómo la náusea le subía por la garganta. A veces ni siquiera lograba llegar al baño, aunque la mayoría de las veces alcanzaba a cerrar la puerta y a inclinarse sobre el inodoro. Así llevaba ya dos meses, y durante ese tiempo se había acostumbrado a ese estado, aunque jamás logró aceptarlo.
Después de otro ataque, María se lavaba la cara con agua fría y se quedaba largo rato mirándose en el espejo. Su rostro se había vuelto pálido, bajo los ojos habían aparecido ojeras oscuras y los pómulos se habían afilado. Había adelgazado visiblemente; la ropa le quedaba más suelta que antes. En esos meses había perdido casi siete kilos, sin hacer nada a propósito para ello.
En el trabajo, los compañeros empezaron a murmurar. María captaba fragmentos de conversaciones sobre el exceso de trabajo y el agotamiento nervioso. Había acudido a un médico general, a un gastroenterólogo, a un endocrinólogo y a varios especialistas más. Todos los análisis salían normales. Los médicos repetían lo mismo: el organismo estaba sano, no había problemas graves, quizá la causa fuera psicosomática. Le aconsejaban acudir a un psicólogo, pero María no se sentía loca ni creía que todo aquello se debiera solo a los nervios.
De camino al trabajo, como siempre, viajaba en el metro. La hora punta de la mañana, el hacinamiento, el olor a café, a abrigos de invierno y a perfumes ajenos se habían convertido en un fondo habitual para ella. María se sujetaba a la barra e intentaba no pensar en el mareo. La náusea cedía un poco, pero la debilidad permanecía.
Cuando escuchó una voz desconocida a su lado, se sobresaltó y abrió los ojos. Frente a ella había un hombre mayor, con una chaqueta gruesa y un viejo gorro de piel. La miraba con atención y con una seriedad inquietante.

—Quítese la cadena. Sé lo que hay dentro del colgante —dijo en voz baja.
María no comprendió de inmediato que el desconocido se dirigía a ella. Instintivamente cubrió la joya sobre su pecho con la mano y respondió con brusquedad que era un regalo de su marido y que él no tenía derecho a hablarle así. El hombre no discutió ni alzó la voz.
Dijo que había trabajado muchos años como joyero y que conocía bien ese tipo de cosas. Señaló el borde lateral del colgante y explicó que aquella línea fina no era un adorno ni un grabado, sino un mecanismo oculto. Luego le tendió una tarjeta y añadió:
—Si aprecia su vida, debe quitarse el colgante y no volver a ponérselo nunca.
El tren se detuvo, las puertas se abrieron y el hombre bajó sin mirar atrás. María se quedó de pie en el vagón con la tarjeta en la mano.
Durante todo el día no logró concentrarse en el trabajo. Sus pensamientos regresaban una y otra vez a las palabras del desconocido y al colgante que descansaba sobre su pecho. Por la noche, al llegar a casa, María fue directamente al baño. Encendió la luz y observó durante largo rato la joya en el espejo. El colgante ovalado de plata, con una delicada flor de lirio, se veía tan hermoso como el día en que su marido se lo regaló por su aniversario.
María recordó cómo él le había dicho que lo había encargado en un taller privado y que quería hacerle un regalo especial. Pasó el dedo por el borde lateral y, de pronto, notó una irregularidad casi imperceptible. Allí действительно había una línea fina. Presionó un poco más fuerte y el colgante se abrió en dos mitades.
Al ver lo que había dentro, se sintió tan mal que tuvo que apoyarse en el lavabo para no caer.
Dentro del colgante había una diminuta cápsula con orificios microscópicos. En su interior contenía una rara toxina orgánica que comenzaba a actuar al calentarse con el contacto del cuerpo.

Cada día liberaba una dosis ínfima de veneno, tan pequeña que ningún análisis detectaba intoxicación. El veneno no mataba de inmediato.
Destruía lentamente el estómago y el sistema nervioso, provocando náuseas constantes, debilidad y una pérdida de peso drástica. Desde fuera, todo parecía una enfermedad extraña e inexplicable.
Eso era exactamente lo que su marido había calculado. Quería que María se apagara poco a poco, que los médicos se encogieran de hombros y hablaran de un diagnóstico desconocido. La muerte debía parecer natural, sin sospechas ni rastros.
Él sabía que unos meses antes María había puesto a su nombre el apartamento heredado de su abuela, y estaba seguro de que, tras su muerte, todos los bienes pasarían a ser suyos.
El colgante se había convertido para él en la forma más cómoda y segura de deshacerse de su esposa y quedarse con todo, sin arriesgarse a ser descubierto.